Nanban 南蛮

Introducción

 

La irrupción de nuevos movimientos reaccionarios con un lenguaje irreverente y transgresor parece haber asaltado por completo el panorama político internacional. En el lenguaje de estos grupos se pueden ver una serie de temas que despiertan un cierto tipo de obsesión: identidad nacional y cultural, protección de fronteras y la expulsión de elementos que se puedan considerar incompatibles con esa idiosincrasia nacional. Uno de los ejemplos que ponen estos nuevos reaccionarios como modelo de “estado étnico” con un fuerte control migratorio y una pureza tanto étnica como cultural es Japón. Apelando a la forma en la que los japoneses tratan actualmente a los inmigrantes y su larga tradición aislacionista, este tipo de grupos alega que en el mundo occidental deberíamos hacer lo mismo y dejar de aceptar migrantes que “no sean compatibles con los estándares de vida occidentales”.

 

Mi objetivo en este artículo es ilustrar cómo los misionarios y comerciantes católicos de la época previa al cierre del país, principalmente portugueses, españoles y novohispanos, se desenvolvieron en Japón desde una perspectiva política y económica. Los eventos discutidos comenzarán con los inicios de la exploración de las Indias Orientales por los portugueses, pasando por el establecimiento de las primeras misiones en Japón y el comercio nanban, nombre con el que se conocía a los europeos, y concluyendo con el decreto de 1639 mediante el cual Japón cerraba sus puertas al extranjero. La intención es combatir esta idea de mantenimiento de una suerte de “pureza cultural” por parte de los japoneses indicando las complejas relaciones entre el progreso de la empresa religiosa jesuita, el desarrollo político e institucional en el Japón del período de los estados en guerra (Sengoku), y la evolución del comercio portugués.

 

 

El imperio comercial portugués y el primer período “Sengoku

               

                                                                                            

En 1543 Antonio da Mota y Francisco Zeimoto, dos comerciantes portugueses, acabaron siendo arrojados a la costa de Tanegashima tras el naufragio de su embarcación rumbo a Ningbo, convirtiéndose así en los primeros visitantes europeos de los que se tiene registro histórico en Japón. Cinco años más tarde, tras escuchar noticias del descubrimiento de unas extrañas islas en el Mar Amarillo, Francisco Javier —cofundador de la Sociedad de Jesús— partió de Goa a la costa de Kagoshima y estableció la primera misión cristiana en suelo Japonés. La entrada de comerciantes y misioneros de Portugal tendría unas consecuencias profundas y duraderas para los habitantes de las islas niponas.

 

La llegada de los portugueses es un proceso que comienza cincuenta años antes. Desde el regreso de Vasco da Gama de su viaje en 1499, la corona portuguesa comenzó a financiar numerosas naves para explorar el océano Índico con el objetivo de desplazar el monopolio musulmán y veneciano del comercio de especias. A comienzos del siglo XVI Lisboa se encontraba en camino de convertirse en el puerto comercial más próspero de todo el continente. El rey Manuel animó a comerciantes de toda Europa a desplazarse a la ciudad e invertir en especias. En 1515 los portugueses ya habían capturado Ormuz, Malaca y Goa y habían firmado un tratado con el Zamorín de Calcuta mediante el uso de su poderío naval y militar, convirtiéndose así en la potencia hegemónica comercial en las Indias Orientales y abriendo una ruta comercial hacia China.

 

Durante el auge comercial luso en el Índico, Japón se recuperaba de las guerras dinásticas que habían devastado el país en el siglo XIV. El caos y la destrucción del conflicto dieron lugar a la ascensión de un nuevo grupo de poderosas familias locales que se conocían como shugo (gobernadores militares), nombrados por el shogun Ashikaga, una suerte de dictador militar. El propósito de estas familias era el de actuar como subordinados militares del clan Ashikaga. El problema que surgió en la mayoría de las provincias del territorio es que existía una gran inconsistencia entre el poder legal que los shugo poseían y el poder real que proyectaban en su territorio. La estructura burocrática del imperio se encontraba en vías de extinción y el aparato militar no se había desarrollado lo suficientemente rápido como para establecer el orden a lo largo del país. De esta forma, los shugo comenzaron a disponer de una manera cada vez más dependiente del shogunato, el gobierno del shogun, para resolver sus asuntos. Esto llevó al abandono de las responsabilidades locales para poder proyectar una mayor presencia en la política de la corte imperial, lo que en el futuro supuso su ruina. El fin de la guerra Ōnin en 1477 marcó la desaparición de los shugo, que fueron remplazados por unidades con una inclinación más belicosa y castrense, los daimios (señores feudales).

 

Pintura de la batalla de Kawanakanajima en 1561

 

 

Fuera de las islas argénteas, Roma le concedió al rey Manuel en 1515 el derecho al uso de ciertas rentas eclesiásticas dentro de Portugal, el derecho a proponer candidatos para el papado en la Santa Sede y beneficios eclesiásticos en África y en las Indias. A cambio, la corona asumiría la responsabilidad de proporcionar buenos misioneros y apoyo financiero para los establecimientos y actividades religiosas en los territorios adquiridos por la conquista. Los portugueses, teniendo ya el dominio comercial sobre las Indias Orientales, ahora reclamaban el monopolio religioso: o padroado real.

 

Tras la llegada de Francisco Javier y durante las primeras décadas de proselitismo en el Japón de 1560, el país había sufrido una serie de complejos cambios estructurales y políticos. Mientras los nuevos poderes locales comenzaban a consolidar sus dominios aparecieron las primeras rencillas territoriales fruto de disputas fronterizas entre los señores de los diferentes territorios. Un nuevo grupo de familias que mostraron tener mayor capacidad para el liderazgo y organización en contextos bélicos heredó las tierras de sus antiguos señores y comenzaron a crear dominios cada vez más extensos y a establecer instituciones nuevas y mejor definidas. Esta situación de disputa entre diferentes daimios solo se podía sostener hasta que una personalidad poderosa emergiese para imponer orden. En 1569 las luchas internas alcanzaron su momento más álgido dejando a no más de una docena de contendientes para el título de shogun. El más prometedor era Oda Nobunaga. El padre jesuita e historiador Luis Fróis llegó a conocer a Nobunaga ese mismo año cuando se declaró shogun. Para la sorpresa de Fróis el caudillo profesó admiración y gusto por la orden jesuita y lo demostró al permitirles predicar libremente en Miyako. La temprana alianza entre diferentes daimio y los jesuitas resultó crucial para la difusión del cristianismo en las islas japonesas. El historiador Charles. R Boxer sostiene que Nobunaga encontró un cierto tipo de afinidad con los jesuitas porque tenían muchas características que apelaban a su mentalidad militar, además de su odio hacia el budismo, que provenía de razones políticas en el caso de Nobunaga y de un odium teologicum en el caso de los jesuitas.

 

 

Dios y Mammón

 

 

Desde la derrota del Kublai Khan en 1218, la China de la dinastía Yuan sufría ataques periódicos por parte de piratas japoneses. Estos piratas no tenían ninguna relación con el shogunato tardío de los Ashikaga y fueron llamados wako (esclavos enanos) por los chinos. El resultado de estas incursiones continuas fue la prohibición de cualquier relación con Japón bajo pena de muerte por la dinastía Ming. Este acontecimiento abrió una puerta a los portugueses cuando llegaron al Índico para actuar como intermediarios entre China y los japoneses, quienes estaban ansiosos por comerciar para obtener bienes chinos. Los portugueses fueron capaces de obtener un acuerdo semioficial con los haitaos chinos locales en 1554 que les permitió desarrollar un puesto comercial permanente en el sur de China —en la Bahía de la Diosa Ama— conocido posteriormente como Macao. El puerto de Macao se convertiría en uno de los más importantes en el desarrollo del comercio de las Indias Orientales y en una de las bases de la ruta Nagasaki-Macao.

 

Las naos portuguesas o grandes naves eran conocidas por los japoneses como kurofune o naves negras. Estos kurofune ejercerían una influencia decisiva en el desarrollo de las misiones jesuitas. La gran nave de Amacón venía desde Lisboa, pasando por Goa, Malacca y Macao una vez al año, y sería la embarcación con la que los portugueses comerciarían en Japón. El deseo por el comercio extranjero fue el impulso primario que llevó a los daimios de Kyushu a recibir a los padres jesuitas en sus feudos. Los jesuitas explotaron los beneficios que pudieron sacar de la gran nave y Valignano, el padre visitante en las Indias, llegó incluso a quejarse de que los capitanes no siempre estaban dispuestos a complacer las necesidades de la misión de la siguiente manera: “Si los portugueses prestaran más consideración al servicio de nuestro señor y menos a sus intereses egoístas y fueran un año a un puerto y luego al siguiente en conformidad con la decisión del jesuita superior local, toda la cristiandad japonesa podría ser controlada de una manera mucho más sencilla y tranquila”.

 

El año 1569 demostró ser un año sin precedentes para la misión cristiana en Japón. Omura Sumitada, un daimio converso, dio el derecho al desarrollo de la villa japonesa de Nagasaki como base para actividades cristianas y santuario para el comercio portugués. A pesar de ser cristiano converso Omura tenía también sus propios intereses al ceder el puerto de Nagasaki a los jesuitas. En una carta de Alessandro Valignano al general jesuita Mercuriano le explica que:

…porque él [Omura] tenía mucho miedo que Ryuzoii [un daimio rival] le pidiera el puerto que él tanto desea (…). Para impedir este dilema pensó que sería una buena solución dárselo a la Iglesia (…). Garantizaría los beneficios de las naves en perpetuidad, si Nagasaki perteneciese a los padres los portugueses nunca pararían de atracar aquí.1

 

Esto fue un paso significativo hacia delante ya que proveía a los padres de una estabilidad que necesitaban de manera desesperada durante el transcurso de su empresa, además de suponer una fuente de ingresos estable del comercio de seda de la ruta Macao-Nagasaki. La gran nave arribó a Nagasaki por primera vez en 1571. El puerto era ideal para los portugueses, quienes habían estado buscando un refugio en las islas por mucho tiempo.

 

Laca de seis piezas del siglo XVI que muestra la llegada de las naves nanban a Japón

 

 

La tierra en Japón era demasiado pobre para poder recoger cualquier tipo de dispensación proveniente de los conversos y, aunque algunas veces los misioneros jesuitas recibían subsidios de los daimios locales, no era lo habitual. El coste del mantenimiento de las iglesias, escuelas, seminarios y el funcionamiento de las imprentas recaía en los jesuitas. Los agasajos eran una práctica ritual de gran importancia en Japón, lo que suponía otro enorme coste que probó ser imposible de suplir a causa de la propia expansión de las misiones cristianas a lo largo del imperio. Además el tipo de pago que predominaba en Japón no se hacía en forma de moneda o metales preciosos sino en forma de arroz o koku. Por todo ello los jesuitas no tuvieron más opción que convertirse en comerciantes e intermediarios. Aunque los generales jesuitas y los provinciales no lo aprobaban, el padre Valignano vio que no existía una alternativa realista con la que sostener la santa empresa.

 

La oposición a la combinación de Dios y la gran nave no sólo provenía de los propios jesuitas. Sectores de la comunidad mercantil de Macao, sus rivales franciscanos y enemigos protestantes eran críticos habituales en Europa. Valignano llegó a responder a sus críticos que dejaría su participación en el comercio de seda si alguien fuera capaz de proporcionar los 12 000 ducados necesarios para sostener la misión.

 

 

Hideyoshi y la Pax Tokugawa

 

 

En 1585 Toyotomi Hideyoshi sucedió a Nobunaga como regente imperial. En sus primeros años de reinado continuó tratando a los jesuitas de una manera cordial. Al igual que su predecesor odiaba a los budistas militantes y alentaba a sus rivales, además de tener siempre muy presente la importancia del comercio nanban y el papel de los jesuitas como facilitadores de este. Aun así, la creciente cantidad de misioneros y la aparición de numerosos conversos con un poder real en las islas niponas comenzaron a hacerle percibir el cristianismo como una amenaza potencial a su autoridad. La situación iba siendo más tensa cuando la guerra por el control de la isla de Kyushu, donde se encontraban la mayoría de los daimios cristianos, culminó con la ocupación del puerto de Nagasaki en 1584.

 

A pesar de que las cosas parecían desarrollarse con tranquilidad para la sociedad de Jesús en Japón, tres eventos marcaron el inicio del declive del cristianismo en Japón. El primero fue la subyugación de los daimios cristianos de Kyushu, que habían supuesto una fuente de poder político para los jesuitas desde la época de Nobunaga. El segundo fue el edicto de expulsión de los jesuitas de julio de 1587, que finalmente no llegó a aplicarse. El edicto sorprendió a todos los miembros de la compañía, pero respondía a un resentimiento que existía contra los cristianos desde hacía ya tiempo. Eran los sectores más tradicionales de la sociedad japonesa, que encontraban siempre oídos deseosos de escucharlos en la corte de Hideyoshi y que conocían bien el carácter temperamental del shogun. A pesar de esta desconfianza, la delicadeza diplomática de los jesuitas y el peso creciente que iba teniendo el comercio portugués en el país hicieron que Hideyoshi recapacitara y obtuviese un juramento de lealtad por parte de la orden de Jesús. El tercer y último evento decisivo fue la llegada de las órdenes mendicantes a Japón en 1590, que ignoraron la concesión papal del monopolio evangelizador a los jesuitas alegando que estos lo obtuvieron mintiendo al propio pontífice. Apoyados por comerciantes españoles en Manila —que tenían interés en establecer una ruta entre Manila y Nagasaki —, los frailes de otras órdenes desencadenaron una rivalidad y una serie de numerosas controversias que finalmente minaron la posición económica y religiosa tanto de los jesuitas como de los comerciantes portugueses.

 

La enemistad entre españoles y portugueses, proveniente de las disputas coloniales tras la unión de las coronas de España y Portugal bajo la casa Habsburgo, pasó a ser también fuente de discordia en la misión japonesa. Valignano ya había previsto este posible desarrollo y aconsejó que se restringiera el monopolio espiritual de Japón a los jesuitas, ya que la ignorancia de las otras órdenes de las realidades de Japón y sus duras costumbres en los dominios coloniales se volverían en su contra en tierras niponas.

 

La crisis más destacada durante el shogunato de Hideyoshi llegaría en el año 1597 cuando la nave San Felipe se hundió en las costas de Japón. El timonel de la nave, Francisco de Olandia, admitió ante las autoridades japonesas que las conquistas españolas en ultramar habían sido de una u otra forma facilitadas por una quinta columna de misioneros cristianos antes de la llegada de los conquistadores. Desde que Hideyoshi tuvo aquel arrebato que llevó a la firma y luego cancelación del edicto de expulsión de los jesuitas diez años atrás, una facción política anti-cristiana había comenzado a coger fuerza en la corte y alimentaba su retórica a base de rumores de conquista que escuchaban de los portugueses, ingleses y holandeses con el objetivo de desbancar a los españoles de sus posiciones en el Pacífico. Hideyoshi actuó en esta ocasión de manera contundente al sentenciar a muerte a los franciscanos que iban dentro de la nave: así se producen los primeros martirios cristianos en las islas argénteas, que tuvieron lugar ese mismo año en Nagasaki. La única esperanza de los jesuitas en estos momentos era esperar que la muerte de Hideyoshi pudiera de alguna forma aliviar la situación de la comunidad cristiana.

 

Ieyasu Tokugawa (1603-1605) se convirtió en el sucesor de Hideyoshi al resultar victorioso en la contienda que se produjo tras la muerte de este último. Fue sorprendentemente tolerante con los jesuitas, volviendo a reinstaurar la libertad de confesión y adoptando al padre Joao Rodríguez como vínculo comercial de la corte en Nagasaki. Es muy probable que Ieyasu, siendo un hombre extremadamente pragmático, entendiese la importancia de los jesuitas para el comercio de la seda, pero aun así prohibió la conversión de cualquier daimio al cristianismo. El historiador John Whitney Hall argumenta que esto se debió a la adopción de principios de soberanía propios del confucianismo y una moralidad social en la que la posición de daimio se convirtió en un agente celestial bajo la tutela del shogun, que le colocaba en un orden político natural justificado por la estructura social en la que reinaba. Este cambio en la mentalidad institucional sería en última instancia la perdición del cristianismo en Japón.

 

En 1605 una disputa fronteriza en la ciudad de Nagasaki llevaría al señor Omura a una confrontación con los jesuitas y con los otros daimios que culminaría con la apostasía del propio Omura y la expulsión de los padres de su propio feudo. La suerte de los cristianos se volvió a torcer en 1613 cuando el padre Rodríguez fue sustituido por el marinero inglés Will Adams como consejero de la corte. El poder de negociación de los jesuitas volvió a reducirse al introducirse los hijos de las familias nipón-portuguesas como intérpretes alternativos en los intercambios comerciales. El panorama empeoraba también para los mercaderes portugueses ahora que la “gran nave” tenía que competir con los shuinsen, o barcos de sello rojo que gozaban de la protección del shogun para comerciar, además de las naves holandesas e inglesas.

 

Carta de navegación japonesa en la que se muestra el Océano Índico y la costa de Asia Oriental a comienzos del siglo XVII

 

La prohibición oficial del cristianismo no llegaría hasta 1614. La paciencia del shogun Tokugawa se terminó como consecuencia de la desconfianza inculcada en la corte por parte de los mercaderes ingleses y holandeses y de una serie de escándalos de corrupción y altercados violentos que se vincularon a notables conversos cristianos. A pesar de la prohibición de la práctica religiosa cristiana, los misionarios permanecieron ocultos en Japón para no abandonar a sus rebaños.

 

 

Sakoku

 

 

Hidetada (1605-1623) y Iemitsu (1623-1651), hijo y nieto de Ieyasu respectivamente, demostraron ser feroces enemigos del cristianismo. El viejo Ieyasu logró la unificación oficial del país bajo el estandarte del clan Tokugawa y en este nuevo Japón unificado el cristianismo ya no encajaba en el diseño político y religioso. Los Tokugawa jamás temieron una invasión europea por parte de reyes cristianos, pero sí les preocupaba una posible alianza entre alguna facción de ronin (samuráis sin señor) contrariados y algún poder ultramarino que pudiese desafiar su recientemente establecida hegemonía. Esta era una amenaza más que posible, ya que las incesantes guerras del período sengoku habían supuesto una fuente de trabajo y habían ofrecido de numerosas posibilidades de ascenso social para los samuráis. La instauración del régimen Tokugawa supuso un reinado de paz en Japón que llegó a durar casi dos siglos, y en este nuevo orden los samuráis cada vez comenzaron a ser más irrelevantes. Además del peligro que podían suponer los mencionados ronin existía también una preocupación creciente en cuanto a los cristianos, ya que las brutales persecuciones que estos sufrían no parecían más que alentar la insubordinación y “fanatismo” de los campesinos cristianos cada vez que eran castigados o martirizados en público. Para la élite imperial, el cristianismo había pasado de ser una herramienta útil para desestabilizar los territorios de daimios rivales a ser una amenaza para la integridad del imperio Tokugawa y la estabilidad del país.

 

Tras el decreto de expulsión de los españoles a causa del descubrimiento en 1621 de documentación incriminatoria —que demostraba la ayuda que numerosos barcos proporcionaban a frailes y sacerdotes para infiltrarse en el dominio Tokugawa —, la situación se había vuelto extremadamente incómoda para los mercaderes extranjeros, con los portugueses y holandeses sufriendo embargos periódicos por orden directa del shogun. El comercio se limitó estrictamente a los puertos de Nagasaki y Hirado. A los Tokugawa se les estaba acabando la paciencia.

 

Asedio al castillo Hara durante la rebelión de Shimabara

 

 

La gota que colmó el vaso fue la rebelión de Shimabara en los años 1637-1638, un antiguo bastión cristiano que, al igual que el resto de Japón, sufría uno de los inviernos más duros de los que se tenía constancia. La situación se torció cuando unos soldados, actuando bajo órdenes del daimio local, torturaron a la hija de un campesino en público y este respondió matando a varios de los representantes del daimio. Esto provocó el inicio de una rebelión en la que insurgentes usaban estandartes con inscripciones portuguesas y gritaban el nombre de “Iesus” y “Deus” en sus ataques. La particularidad de esta rebelión fue la dureza y duración de las revueltas. Los rebeldes resistieron en el castillo de Shimabara durante meses ante el horror y la impotencia del shogun. Cuando por fin se consiguió apaciguar la revuelta en el año 39 se descubrió que la defensa del castillo había sido orquestada por un grupo de rebeldes ronin lo que, junto con los estandartes con inscripciones cristianas, alertó sobremanera a la corte del shogun. Ese mismo año Tokugawa firmó un decreto que prohibió a los portugueses la entrada a las islas. El recientemente proclamado rey Joao envió una carta con sello real asegurando al shogun que ningún portugués volvería a acercarse a las islas. Desde entonces los únicos a los que se les permitiría comerciar sería a los holandeses en la lejana isla de Deijima. De esta forma, Japón se convirtió en un país cerrado, sakoku.

 

 

Conclusión

 

 

A lo largo de este artículo ha sido mi intención mostrar la estrecha relación que existía entre la misión cristiana y la empresa comercial portuguesa, que actuó como conducto para una larga y duradera conexión entre Japón y occidente. El firme control con el que los japoneses sostenían sus territorios hizo imposible la dominación por la fuerza de los habitantes de estas islas, lo que supuso un cambio de estrategia con respecto a la empleada en la India o en las Américas. En China y Japón los misioneros eran invitados con una posición precaria y toda la estrategia de su misión tomó la forma de un ejercicio de seducción cultural. Este ejercicio era doble, un juego en el que participaron tanto los jesuitas como los daimio y el shogun. Con la amabilidad de Nobunga, el utilitarismo de Hideyoshi y el pragmatismo de Tokugawa, la dinámica realidad política del Japón de los siglos XVI y XVII dio forma al resultado de la empresa cristiana. Siempre y cuando satisficiese a las necesidades políticas, la cristiandad y los mercaderes nanban tendrían su lugar asegurado en Japón. Aunque Valignano y muchos jesuitas tuviesen sentimientos encontrados al respecto, la “gran nave de Amacón” era el medio de transporte con el que llegaban Japón, su cargamento sostenía la misión y era la pieza con la que comerciar con daimios hostiles o indiferentes para poder entrar en sus dominios, además de la carta de triunfo que tenían para convencer al Shogun y evitar su expulsión. “Es típico de su conexión tan estrecha que la desaparición de una coincidiese de manera virtual con el colapso de la otra2 .

 

 

Bibliografía

 

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John Whitney HALL, “Foundations of the Modern Japanese Daimyoen The Journal Asian Studies 20 no. 3. 1961, pp. 317-329.
Josef KREINER, “Japan und ostasiatische Staatenwelt an der Wende vom Mittelalter zur Frühen Neuzeit in Kreiner”, en Geschischte Japans. Reclams Universal-Bibliothek, 2010.
Donald F. LACH, Asia in the Making of Europe Volume I, The Century of Discovery, The University Chicago Press, 1967, pp. 99-304.
J.F. MORAN, The Japanese and the Jesuits, Alessandro Valignano in 16th Century Japan. Routledge. London. 2004
Joan-Pau RUBIÉS, Real and Imaginary Dialogues in the Jesuit Mission of Sixteenth-century Japan. Journal of the Economic and Social History of the Orient 55. Koninklijke Brill, Leiden. 2012
Alesandro VALIGNANO, “How and Why we got the Port of Nagasaki” en The Japanese and the Jesuits, Alessandro Valignano in 16th Century Japan, Routledge, 2004.

 

 

Notas

 

1 Alessandro VALIGNANO, “Sumario de las Cosas de Japón, 1580” en José Luis ÁLVAREZ-TALADRIZ (editor), Nipponica Monographs, Sophia University, 1954.
2 Charles R. BOXER, The Christian Century in Japan, 1549-1650, University of California Press, 1951, pp. 104